Adiós a la feria entre moros y cristianos

No tiene nada que ver con el vino dulce. Tampoco con el algodón de azúcar. Ni siquiera con la noria, pero desde hace dos años despide con toda su pompa de color la Feria de Málaga. Y, además, con mayor legitimidad que si se tratara del albero o de los mismísimos fuegos artificiales. Al fin y al cabo, y con mucha imaginación mediante, se refiere al acontecimiento que justifica la existencia de las fiestas, la toma de la ciudad, por parte de los Reyes Católicos el 19 de agosto de 1487.

Más de doscientas personas, la mayoría procedentes del grupo Legend Especialistas, responsable de buena parte de las reconstrucciones históricas que se hacen en este país, incluidas las de las teleseries, intentaron recrear ayer ese momento, aunque, eso sí, con un estilo peculiarísimo que, según el Ayuntamiento, procuraba mostrar cómo era la vida en los tiempos de las tres culturas. Órdenes religiosas, jinetes, odaliscas danzantes y hasta caballeros con todo el atavío que se han vuelto a poner de moda con el gusto televisivo por los libros de texto y la espada.

La cabalgata, que partió a las siete de la tarde, a apenas veinticuatro horas de distancia de la última gran juerga contemporánea, discurrió por las calles del centro con sus cinco kioskos en movimiento, en plan mercado rodante. Una diversión organizada por el Ayuntamiento en colaboración con la Asociación Cultural Zegrí y que ayer, pese al despliegue, contó con menos público de lo esperado -las tradiciones, incluso cuando son en bucle, necesitan tiempo para consolidarse-.

En uno de los frentes, comandados por Isabel y Fernando, el bando cristiano, compuesto por un centenar de personas y con todo tipo de guiños al bestiario de la época entre sus personajes. Las tropas de infantería, la guardia real, las cuatro grandes órdenes -Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa-y un amplio surtido clerical, en el que no faltaba por supuesto el obispo, pero tampoco los monjes ni los monaguillos.

Los moros, a los que la presencia de tanto espadachín no les tuvo que hacer tanta gracia, desfilaban para la ocasión con alegría, y con una selección no menos vivaracha.

Otras cien personas representando al pueblo y a la soldadesca y un ballet de jóvenes como símbolo del lujo y el savoir vivre que mantenían los árabes en el momento de la llegada de los cristianos.

Y como fin de programa, un gesto infinitamente más reposado que los petardos. La guardia de Ali Dordux entregando las llaves de la ciudad entre la algarabía del cortejo.

Málaga, como Laredo, Hospital de Órbigo, o los pueblos de los confederados, ya tiene su cita con la reconstrucción histórica. La de ayer fue, sin duda, una oda festiva que pone fin a una semana ininterrumpida de entusiasmo y alboroto. Y además con una inversión en ropajes muchísimo más generosa.

La cabalgata, con su pose de mercado medieval, estuvo acompañada por la Banda de Música Málaga, a la que se unieron los músicos de zegrí y la agrupación El Serpis, de Alcoy. Toda una artillería de dos ejércitos que una vez más ha cumplido con su objetivo histórico de pacificar a la ciudad. Tras ellos llegó el silencio. Al menos, hasta el próximo año.

Fuente: www.laopiniondemalaga.es

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